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Argentina: Algunas reflexiones sobre el aborto desde una perspectiva ecofeminista

"Las mujeres desde siempre han sido portadoras de saberes y prácticas para la conservación y reproducción de la vida. También para su interrupción. Las mismas han incluido el control de la natalidad y el acompañamiento de partos utilizando técnicas no violentas, sirviéndose de la diversidad biológica y cultural de su entorno. Esas prácticas y conocimientos fueron invisibilizados y erosionados interesadamente por las religiones, los gobiernos y el capital transnacional en distintos momentos de nuestra experiencia civilizatoria y muchas mujeres han pagado y siguen pagando con sus vidas por ello." Por Silvia Papuccio de Vidal y María Elena Ramognini

La defensa de la vida es un eje central del pensamiento y el accionar ecofeminista. Pero no de cualquier vida, sino de una que merezca la alegría de ser vivida. Una vida que pueda desplegarse en contextos amorosos, en tramas de vínculos saludables, sin violencias, sin desigualdades, sin opresiones de ningún tipo. Vidas deseadas y planificadas teniendo en cuenta los límites físicos que imponen la naturaleza y las sociedades capitalistas actuales. Sabiendo que la base de dichas sociedades está constituida por el crecimiento económico ilimitado y la privatización-mercantilización de la vida, palpables en las crisis de cuidados y ecológica que experimentamos a nivel global. Esta crisis civilizatoria que es resultado de la conjunción de los tres sesgos del logos occidental -androcentrismo, etnocentrismo y antropocentrismo- que se han impuesto como matriz de pensamiento único que rige tanto nuestros destinos humanos como los de todos los seres vivos que nos acompañan y el de nuestro hogar, el planeta Tierra.

Las mujeres desde siempre han sido portadoras de saberes y prácticas para la conservación y reproducción de la vida. También para su interrupción. Las mismas han incluido el control de la natalidad y el acompañamiento de partos utilizando técnicas no violentas, sirviéndose de la diversidad biológica y cultural de su entorno. Esas prácticas y conocimientos fueron invisibilizados y erosionados interesadamente por las religiones, los gobiernos y el capital transnacional en distintos momentos de nuestra experiencia civilizatoria y muchas mujeres han pagado y siguen pagando con sus vidas por ello: desde la caza de Brujas desatada desde finales de la Edad Media a principios de La Modernidad, hasta los femicidios y femigenocidios que experimentamos en el presente.

En el actual debate en torno a la legalización del aborto en la Argentina, podemos observar la apropiación perversa que opera sobre el término “Vida”. Este “secuestro” es realizado desde los sectores que a diario y sistemáticamente se encargan de oprimir, violentar, destruir y patentar la vida. La moral patriarcal y capitalista se adueña de la palabra vida para continuar con su lógica de violencia y destrucción sistemática de aquello que dice salvaguardar. El cuerpo de las mujeres emerge en el centro de la escena política como un territorio conquistado, como emblema y signo de todas las opresiones, como el espacio por excelencia para la construcción de la jerarquía y la dominación. El aborto pensado desde la lógica de la dominación debe ser penalizado porque así se mantiene el control sobre las vidas y los cuerpos femeninos. No se plantea la penalización como instrumento de salvaguarda, sino de clandestinización y como mecanismo de tortura.

La legalización del aborto involucra la urgencia de poner en el centro de la escena política las condiciones de vida en las que las mujeres participamos de la sexualidad y la reproducción en una sociedad como la Argentina, altamente desigual, extremadamente sexista, racista y clasista.

Para las mujeres el aborto implica una mutilación. Esto es porque la sexualidad femenina es indisociable de la fecundidad. La disociación es otra de las trampas siniestras que la modernidad ha tejido sobre nuestros cuerpos y subjetividades femeninas. Nos han hecho creer que la anticoncepción hormonal era la posibilidad de vivir una sexualidad libre, planificada y nuestros cuerpos se vieron inundados de hormonas cuyos efectos cancerígenos y mutágenos no tardaron en hacernos saber los riesgos que entraña la medicalización. La introducción de los anticonceptivos hormonales o mecánicos, siempre invasivos y antinaturales, no solo no modificaron los patrones sexistas ni las violencias hacia las mujeres, sino que por el contrario, las profundizaron. Como la anticoncepción medicalizada, el aborto no puede entenderse como un deseo para las mujeres. Es una necesidad que resulta de la absoluta pérdida de poder que sobre nuestras sexualidades implicó la entrada en la Modernidad. Creemos que la legalización del aborto no puede plantearse como un derecho, sino como una exigencia de vida, así como son exigencias de vida el repensar la anticoncepción y el nacimiento. Y en este punto resulta importante destacar que en estos días, en el preciso momento en que se produce un atisbo de esperanza respecto de la legalización de aborto en la Argentina, entra al Congreso un proyecto de ley para penalizar la atención domiciliaria del parto en manos de parteras certificadas. Hecho que nos ilustra cómo opera el biopoder: la vida no puede escapar de su control. El capitalismo patriarcal se construye y se sostiene a partir de permanentes cercamientos sobre la vida. Las mujeres y la naturaleza son los campos de explotación-exterminio por excelencia de la biopolítica.

Estamos asistiendo en Argentina a la emergencia a repetición de una doble moral y un divorcio entre discursos y prácticas. Los que se oponen a la legalización del aborto por una razón de salud, los mismos que dicen defender “las dos vidas” son aquellos que ante la media sanción del Congreso amenazan con efectuar abortos sin anestesia o a ”envolver en plástico” - eufemismo de asesinar- a las mujeres que aborten, para que recuerden que deberían haberse acordado de cuidarse, como si los varones no tuviesen ninguna responsabilidad en ello. Son los y las mismas que se quejan cuando los gobiernos progresistas otorgan subsidios a las madres gestantes, jefas de hogar en situación de pobreza o asignaciones por hijxs sosteniendo que las mujeres empobrecidas “se embarazan para no trabajar y vivir del Estado”. Son las mismas y los mismos (individuos, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil) que sostienen que esos niñxs por venir no tienen futuro y serán, confundiendo pobreza con delincuencia, malhechores en potencia. Los y las mismas que de tanto en tanto, desentierran las ideas de Malthus, asustándonos con el fantasma del hambre, el mito del crecimiento poblacional desmesurado y la falta de alimentos para la subsistencia humana. Los mismos que no cuestionan la división sexual e internacional del trabajo, el modelo productivo extractivista, contaminante, destructivo y excluyente, como tampoco se inquietan ante la cada vez mayor mercantilización y precarización de la vida en su conjunto.

Esa hipocresía también emerge como revelador sintomático en el silenciamiento total de los abortos causados por agrotóxicos, acumulados en nuestros cuerpos en cantidades desmesuradas y desconocidas, a causa de la expansión de la agricultura industrial en el país, especialmente en los últimos cincuenta años. Productos de alta toxicidad que además provocan múltiples malformaciones y muertes por cáncer y que hablan a las claras de una emergencia sanitaria en el campo y la ciudad no reconocida por los gobiernos. Tampoco se mencionan los abortos y la “epidemia” de niñxs nacidxs con malformaciones neuronales por déficits nutricionales, especialmente de ácido fólico, que dan cuenta del fracaso de las políticas públicas capitalistas para combatir el hambre y la pobreza en un país que podría abastecer de alimentos a un cuarto del Planeta y sigue apostando neciamente al libre comercio y a la imposición de un modelo agroalimentario global en detrimento de sus economías regionales, la naturaleza, la salud de su población y la soberanía alimentaria. En otro ámbito, pero siempre vinculado a la defensa parcial vida, sorprende que se consideren “seres” a los embriones in útero y se condene a sus portadoras cuando deciden abortar, en tanto no se cuestiona el destino de los embriones congelados que se descartan (o quién sabe para que se utilizan) durante los tratamientos de fecundación asistida mediados y amparados por la ciencia, la biotecnología y las empresas fuertemente capitalizadas de reproducción de la vida humana.

La biopolítica ejercida desde el Estado y las corporaciones transnacionales controla y disciplina el cuerpo de las mujeres pero también de los varones cercenando sus potencias vitales. Fuerza a las personas y la naturaleza a producir lo que no es deseable ni sostenible. Nos envenena con sus fármacos y tóxicos, nos empobrece económicamente en un proceso deletéreo y constante a través del cual nos coloniza culturalmente haciéndonos perder el control sobre nuestros cuerpos y territorios, los alimentos y otros bienes naturales comunes, enajenando también la posibilidad de establecer nuevos lazos entre humanos y naturaleza basados en criterios de convivencia e interdependencia vital.

Ante esta situación y desde una postura singular y crítica, el ecofeminismo rescata los saberes silenciados de las mujeres y el cuidado consciente y responsable de la vida como principal antídoto contra la violencia y como ética y propuesta orientadas hacia la sustentabilidad. Defiende además, la autonomía de las mujeres sobre sus cuerpos, en un contexto generalizado en el que las desigualdades sexuales son las principales causas de inequidad y violencia.

“Ni una menos”, “Ni la tierra ni las mujeres somos territorios de conquista”, “Las mujeres parimos, las mujeres decidimos” y “la vida y nuestros cuerpos no son una mercancía”, son algunas de las consignas que desde los feminismos tradicionales y desde los feminismos-otros (ecológicos, comunitarios, decoloniales) vienen ganando conciencia y espacio en Nuestra América como evidente expresión de la tenacidad y de la lucha del Movimiento de Mujeres, la madurez política de la población y la justicia de género.

Decidir sobre nuestros cuerpos, sexualidades, territorios y vidas no puede ser cuestionable. Tampoco es negociable la defensa de la Naturaleza de la que somos parte. ¡Que Sea Ley!

Fuente: Red de Defensoras del Ambiente y del Buen Vivir

 
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