Red Eco Alternativo ***

La plaza vacía

Al macrismo no hay dónde interpelarlo. Sus dirigentes se escabullen entre pruritos republicanos y no los agarran sino es en un estudio de televisión. Por Sebastián Giménez

Luego de la apertura de las sesiones legislativas, el presidente saluda a la plaza vacía. La imagen se reproduce en las redes sociales risueñamente, con valoraciones e ironías de todo tipo. Esa postal es tal vez la esencia misma del macrismo, que rehúye a las multitudes. Como si la ciencia política de Durán Barba no pudiera resistir tener a la muchedumbre de espectadora.

En el reverso, un fenómeno curioso es que los que son capaces de juntar trescientas mil personas en la 9 de Julio, los opositores, pueden seguir perdiendo tranquilamente las elecciones con el macrismo. Juntar multitudes no garantiza ninguna victoria electoral.

La televisión y las redes sociales parecen haber logrado que los políticos puedan dirigir un mensaje enlatado a la cámara. La planificación obsesiva de cada palabra es el opuesto al carisma que debía tener todo líder político que pudiera preciarse en el pasado.

Macri es Tamborini, el candidato radical con pocas aptitudes oratorias de 1945. Enfrente, claro, lo tenía a Perón. Pero lo relevante de hoy no es eso, sino que con la televisión y las redes sociales, Perón hoy podría ser derrotado por Tamborini tranquilamente.

Macri saluda a la plaza vacía tal vez en parte porque saluda a los televidentes, a los miles que lo ven desde atrás de la cámara. No junta multitudes, pero lo votan o pueden votar los taxistas, los vendedores de diarios, de flores, el mozo del bar y cualquier trabajador de a pie. Mucho, muchísimo votante suelto, poco sujeto colectivo.

Un latiguillo de frases o valores que retransmiten los medios de comunicación provoca que el mensaje del gobierno llegue a mucha gente. Mucho votante individual, suelto. Porque la multitud siempre puede incomodar. Y ser peligrosa.

Hasta a Perón le pasó. El 17 de octubre de 1945, cuando lo soltaron de la prisión, la multitud le preguntaba en la plaza repleta ¿Dónde estuvo? Perón nunca contestó, como diciendo lo importante es que estoy acá gracias a ustedes. Las multitudes pueden hablar, interpelar al orador. En el ocaso de su carrera política, Perón tuvo que escuchar que los jóvenes le gritaran: “¿Qué pasa General / que está lleno de gorilas el gobierno popular?”, o cuando se asomó Isabel “Evita hay una sola / no rompan más las bolas”.

Las multitudes, el sujeto colectivo, puede ser adulador y puede también interpelar, obligar al orador. Todos recordamos el año pasado el “Poné la fecha la puta que te parió”, y cómo los popes de la CGT tuvieron que huir a la carrera.

Al macrismo no hay dónde interpelarlo, parece. Sus dirigentes se escabullen entre pruritos republicanos y no los agarran sino es en un estudio de televisión. Que tal sector industrial cayó, le puede inquirir un periodista. Pero este otro sector creció, repone el funcionario. Un discurso que se dirige a segmentos, casi siempre.
El macrismo no se siente cómodo si un sujeto colectivo lo interpela. Uno de los motivos cae de maduro: un pueblo no se junta a hablar de budismo sino que va tras una propuesta, una promesa. Y el ajuste nunca es una promesa que valga la pena escuchar.

El discurso de autoayuda no convoca multitudes, pero es innegable su poder de esparcirse por los medios de comunicación y las redes sociales. Pero el modo de circular de los mensajes no lleva, como es habitual en los líderes peronistas, el sello que devela su procedencia. El mensaje es casi subliminal, colonizador de las subjetividades, autocentrado y de autorresponsabilidad.

El autoayuda del “Sí se puede”, la resiliencia que te va a permitir sobreponerte a las adversidades. Como el presidente, que en su tiempo estuvo secuestrado. Podés salir fortalecido de la adversidad de quedar desocupado u ocupado con el sueldo recortado en paritarias inexistentes o menguantes.  
Que los especialistas dicen que el ochenta por ciento de los trabajos de dentro de veinte años ni siquiera existen ahora. Dinamismo quiere decir que tenés que capacitarte para nuevos trabajos, estar dispuesto a dejar tu cómoda cobija para probar la intemperie del empleo golondrina y el microemprendimiento.
Por eso el macrismo le tiene alergia al empleado público, al tipo de por sí poco propenso a las innovaciones. El tipo atornillado a la silla. Le irrita el empleado fijo en su puesto, aunque no despliegue la misma indignación con los grupos empresarios y económicos incólumes en la Argentina. Porque son los trabajadores que reclaman paritarias o te pueden hacer un paro. Otra vez, un sujeto colectivo.
El macrismo no le habla a esas multitudes. Su interlocutor preferido parece ser otro.  Le habla en el cara a cara, con la cámara como vehículo, al tipo que todos los días vuelve del trabajo a las veinte, se sienta a ver la televisión y no quiere que nadie le rompa las pelotas.

 
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