Postales de una Córdoba policializada

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La que sigue es la primera de dos notas que forman parte de un trabajo colectivo realizado por comunicadores cordobeses para el Nº 0 de la revista Hondera. El objeto de las mismas es abordar el carácter profundamente represivo de la policía cordobesa, legitimado por el Código de Faltas puesto en funcionamiento en la provincia en el año 2006.
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La que sigue es la primera de dos notas que forman parte de un trabajo colectivo realizado por comunicadores cordobeses para el Nº 0 de la revista Hondera. El objeto de las mismas es abordar el carácter profundamente represivo de la policía cordobesa, legitimado por el Código de Faltas puesto en funcionamiento en la provincia en el año 2006.

Mientras encarábamos la escritura de este artículo, ya obsesionadas por el tema, a uno de nosotros le toco visitar por otro asunto la ciudad de Neuquén. ¡Ahí si que podíamos aprender de la policía! qué mejor lugar que la capital neuquina para ver una versión hiperbólica de la institución: cuna de la ejecución tirana del docente Fuentealba, reino de una derecha fuerte con larga trayectoria de la mano de Sobich, vanguardia de la militarización de la protesta. La visita prometía un festín experiencial para ahondar en una versión extrema del tema que elegimos para este primer número de la revista. La estancia en la urbe sureña se perfilaba como una oportunidad inmejorable para empezar a pesquisar la cosa.
Viernes cinco de la tarde, cinco jóvenes sentados en la vereda de la principal intersección de la ciudad tomando una cerveza del pico y comiendo sándwiches de mortadela con queso. A modo de obligada experimentación, nuestro enviado se paro en frente a fumar un pucho para ver cuánto demoraría la poli en hacer lo suyo. Se terminó el pucho y nada. Se fumó otro y nada. Los pibes terminaron el sándwich y se tomaron el palo. Él se quedó ahí sin entender mucho. Daba por hecho el accionar policial, solo restaba ver y registrar diferencias menores, vinculadas básicamente al procedimiento. Para nuestra sorpresa, la diferencia no sólo no fue menor sino que fue contundente: la policía nunca apareció.
Un pucho más y su ingenuidad finalmente se desnudó, el sentido común le advertía que en nuestra ciudad esa escena no podría haber acontecido de ningún modo. Tomar una cerveza en una vereda de la ciudad de Córdoba, al igual que muchas otras actividades antes comunes, es una práctica erradicada del itinerario cotidiano. Esa era la única certeza que teníamos hasta el momento, que por escueta no dejaba de ser sumamente reveladora.
El dato mas valioso que trajimos de la ciudad sureña poco decía de la policía neuquina, por el contrario, hablaba de nuestra propia ciudad poniendo en evidencia el hecho de que nuestro marco interpretativo se encuentra sujeto a nuestra condición de cordobeses.

La interrogación que inicialmente proyectábamos en un objeto geográfica y ontológicamente lejano (la policía, la policía neuquina) ahora daba lugar a un proceso reflexivo en el cual sujeto y objeto nos registramos en continuidad especular. ¡Nuestro cuerpo cordobés esta habituado a una dosis descomunal de policías, por eso pedíamos más, porque nos acostumbramos a más! Como un alcohólico con un vasito de promoción de vino en un híper mercado, pedíamos mas, lo normal parecía insuficiente para saciar una experiencia signada por el exceso.
Una vez anoticiados del sesgo intrínseco de nuestra mirada, nos dimos cuenta que el interés no se depositaba en torno al cuerpo físico de tal o cual sargento u oficial, o tal o cual comisaría, sino ante todo en el proceso a partir del cual el cuerpo social cordobés se constituyó como superficie de inscripción de un meticuloso programa de seguridad impulsado por el estado provincial en los últimos cinco años. Todos sabemos qué hacer y qué esperar frente a un policía, conocemos las reglas de ese juego, ese es un dato, es un dato sobre nosotros y sobre lo que hay de la policía en nosotros, mas allá de las diversas apariciones escénicas de los bufonescos representantes de la fuerza.

Por supuesto no todos, ni todas, habitamos la ciudad de la misma manera, así como no todos ni todas somos destinatarios del mismo rigor policial, no seamos ingenuos en este punto, la policía opera con esquematizaciones y parámetros de selectividad que diagraman el múltiple social en programas y taxonomías específicas, diferenciales y desiguales, generalmente coincidentes con el dibujo que el capitalismo local traza en la estructura social. Pero, a pesar de lo heterogéneo y fragmentario del proceso, la experiencia de la policía se inscribe en una historia que, mas allá de las singularidades de cada trayectoria, es colectiva, una experiencia colectiva de la ciudad de córdoba. La historia de cómo aprendimos a policializar nuestra conducta y nuestra mirada es un acontecimiento que demanda complejizar la lectura de los hechos implicándonos como variable significativa. El espectro de lo que la policía de Córdoba “es”, habita en nosotros, cicatriza y supura en nuestro propio cuerpo. Cómo nos habituamos a vivir así y cómo lograron imponernos un hábitat urbano militarizado es la pregunta que nos retumba en la cabeza cada vez que nos toca interactuar con la fuerza. ¿¡Si esto no es una dictadura, qué es, qué es!?
                                  
II

 

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Foto: Indira Montoya

Alejo Paredes asumió como jefe de policía en enero de 2007 durante el gobierno de José Manuel De la Sota, joven, carismático y con un pasado indeleble. Se formó bajo la sombra de Carlos “Tucán” Yanicelli, un ex represor del denominado grupo D2 de Informaciones que funcionaba a pocos metros de la Plaza San Martín, en pleno centro de la ciudad, entre la Catedral y el Cabildo Histórico. Alejo Paredes fue colaborador del “Tucán” en el Departamento de Inteligencia Criminal, cargo del que el represor sería desplazado en 1997. Ayer en el D2 en pleno centro de la ciudad, hoy a la vista de todos, un personaje muy comprometido con el pasado más oscuro de la Argentina, dirige la fuerza policial.
A pesar de su vínculo estrecho con la dictadura de los 70` el personaje de Paredes excede los estereotipos clásicos del policía de facto. La trayectoria personal que antecede su desempeño como jefe de policía se muestra como un tour entre bizarro y ominoso: de ser apadrinado por la dictadura, rondando por centros clandestinos de detención, pasó a constituirse en guardaespaldas profesional de primeros mandatarios provinciales (Ramón Mestre y José Manuel De la Sota). Sí!!, por extraño que pareciera era la versión cordobesa del noventista guardaespaldas hollywoodense tan en boga por aquellos años. Durante su desempeño a la sombra de gobernadores de toda especie logró cimentar el lobby necesario que finalmente lo llevaría a ocupar el cargo máximo en la fuerza. Todo ese camino, del cual seguramente desconocemos los pasajes más siniestros, se vio alternado por escapadas frecuentes a Israel, Francia y quien sabe que otro oscuro paraíso represivo, coronando su formación con las fuerzas de elite extranjeras mas experimentadas en el arte policíaco.
Según podemos observar, intentar capturar su figura en el molde del represor setentista, con picana y fal como instrumentos de trabajo, no llega a buen puerto. La notebook, una retorica televisiva, y una marcada vocación por la gestión represiva del ejido urbano, son sus armas privilegiadas. Caminando por el centro cordobés lo confundiríamos con un empresario, nunca pensaríamos que es el mandamás de los gorilas azulados que insistentemente nos vigilan.

Paredes es básicamente un tecnócrata, su empresa es la seguridad, su contratante es el Estado. Lejos del tosco y rudimentario modelo de policía callejero, Paredes es en si mismo una tecnología: eficiente, políglota, carismático y letal, así de simple. Un verdadero leadership del emprendimiento represivo y regulatorio del estado cordobés.
Un rápido pantallazo en torno a algunos de los “hitos” de la gestión de Alejo Paredes nos ayudará a enmarcar la figura del controversial jefe de policía:

trata2.jpgNegó que en nuestra ciudad existan redes de trata. Sostuvo que “en Córdoba no hay denuncias por trata de personas”, que “no existen casos de mujeres que hayan sido llevadas del territorio provincial”, y, coronando esta burlesca, afirmó que “en uno de los casos denunciados se pudo comprobar, porque hay testimonios, que la jovencita, una estudiante que iba a un colegio de la ciudad de Córdoba, estaba con su noviecito y mintió al decir que fue llevada en un auto y trasladada por la Capital”. (Conferencia de prensa 7/05/2009)

policia_caminera3.jpgCreó la policía caminera, la cual, según datos oficiales preveía recaudar 37 millones de pesos a lo largo del 2010. El destino final de estos fondos se desconoce, sólo se sabe que en su corta vida la misma ha sido destinataria de una importante cantidad de denuncias por maltratos y arbitrariedades. Regular la circulación y los accesos a la ciudad constituye su función privilegiada que trae como resultado el literal cercamiento de la capital cordobesa, nada entra o sale sin contar con el consentimiento del minucioso ojo policíaco. Ganó legitimidad pública al presentarse como una medida destinada a preservar la vida ciudadana acosada por los accidentes de tránsito. Una vez más, sobre la lógica de la prevención de flagelos reales, se monta y justifica el aumento exponencial de la operatoria policial en el cotidiano urbano. Lejos de ser un mero garante de la ley de tránsito, la policía caminera se constituyó paulatinamente en una guardia permanente del perímetro extendido de la ciudad.

camaras01.jpgImpulsó la tecnologización de los sistemas de control, implementó cámaras de seguridad en distintos puntos de la ciudad, modernizó el 101, creó un 0810 para denuncias, creó la moderna página web de la policía de córdoba y colocó un sistema de seguimiento satelital a los móviles. Esta serie de modificaciones no solo conllevan la sofisticación del aparato de control urbano en términos estrictamente tecnológicos, sino también inauguran un nuevo modo de incorporar al ciudadano común en el entramado del dispositivo de control. La comunicación y la constitución de redes sociales de seguridad amplían el ámbito de ejercicio de la policía, la regulación continua define un diagrama de control que, al igual que los modernos dispositivos productivos post-fordistas, apunta a un modelo de eficiencia sincrónica integrada, un autentico just-in-time policíaco. El plan es simple, una vez vulnerada la prevención, se busca reducir al mínimo posible la diferencia entre demanda y ejecución.
policiassss2.jpgMultiplicó exponencialmente la planta de personal de la policía. Tanto el jefe como el gobernador lograron superar los 20.000 efectivos a finales del 2010. Dividan este número por la población actual cordobesa y vean cuantas personas le toca a cada poli, un rebaño manejable, sin duda, mientras los grados de sumisión de las masas se mantengan al día.
pilar.jpgAl inicio de su gestión fue fotografiado con una planta enmasetada que le regaló Pilar Szwedowicz, una joven policía que fue reconocida como hija de desaparecidos. En el mismo momento, los retratos de cinco ex jefes de Policía, que desempeñaron su labor durante la última dictadura militar, adornaban como por descuido uno de los salones de la jefatura de policías que él atravesaba todos los días. Después de un esperable e inmediato escándalo mediático, tras hacerse publico el acto decorativo, los cuadros polémicos fueron descolgados. El funcionario sigue caminando por los mismos pasillos hasta hoy, los cuadros son otros, las alfombras seguramente también.
repre.jpgExpresó su disconformidad con el uso de la violencia en defensa propia por parte de la población. Sostuvo: “El vecino promedio no sabe utilizar las armas, no tiene experiencia. Eso conlleva riesgos y hasta errores groseros, como el caso de un padre que, años atrás, mató a su hijo porque lo confundió con un ladrón. Hay que tener en cuenta esto: el asaltante siempre está predispuesto a usar su arma, pero el vecino no; y esa duda puede ser fatal en un enfrentamiento. A ello se suma que el vecino, al no tener experiencia, es lento con las armas”. Para el funcionario, dar muerte a un “ladrón” reviste un carácter negativo porque ello comporta un altísimo riesgo para el vecino. Matar no es cosa fácil, el policía se erige en el profesional pertinente para eliminar al delincuente, está entrenado para tal fin. La muerte de quien roba no conlleva problema alguno.
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En el último informe oficial se supo que la fuerza que dirige Alejo Paredes realizó 54.223 detenciones por contravención en la provincia. En la ciudad de córdoba el 70 por ciento de los detenidos corresponde a jóvenes menores de 25 años, en su gran mayoría la caratula es “merodeo”.  
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Desde el comienzo de su gestión la represión de la protesta social, el desalojo de asentamientos populares y la relocalización de villas marcan sus hitos característicos. Nunca antes desde la dictadura fue tan frecuente la represión policial de manifestaciones político-sociales. La violencia política de la mano de la policía se instaló como práctica habitual de la conflictividad social urbana. La judicialización de la protesta, la construcción simbólica y jurídica del manifestante como terrorista y la naturalización del accionar represivo y brutal contra el activismo son hoy moneda corriente en la ciudad de córdoba.

¿Por qué empezar esta especie de genealogía de la policía de Córdoba a partir de la figura de Alejo Paredes? La persona de Paredes no nos interesa en absoluto más allá de su condición de funcionario. Paredes es un engranaje de la maquinaria represiva de la policía provincial, pero no es un engranaje cualquiera. En su corporalidad se actualiza y condensa un modelo de subjetividad privilegiado del emergente dispositivo de seguridad urbano. Él es una de las marcas de renovación de la fuerza policial, en él se esconden algunos de los secretos de la nueva policía. Entre este sofisticado personaje y el puberal policía común existe una sincronización específica, una línea de continuidad característica que a simple vista no es evidente.

La enumeración de los datos punteados mas arriba, lejos de pretender engrosar una larga lista de referencias anecdóticas, intentan delinear el perfil del personaje que protagoniza hoy el inquietante panorama de lo que ha llegado a ser la policía de la Provincia de Córdoba. En pleno 2011, asistimos a la materialización de un proceso, de un programa concienzudo y sistemático que viene gestándose desde hace tiempo atrás.
Como un artesano o un ajedrecista, asume como propia la tarea de preparar e implementar una alquimia especifica para garantizar el cometido regulatorio, es decir reducir el múltiple social a parámetros mensurables susceptibles de control. Garantizar el gobierno de las conductas en la ciudad de Córdoba: ése es el proyecto que desvela a la institución. Conocer, describir, analizar, prevenir, regular, ordenar, reprimir y ejecutar marcan el orden del día del accionar policial. El desafío de Paredes en su condición de emisario conlleva colectivizar dicha prerrogativa.  

III

 “Para Estados Unidos el tema de la seguridad en Latinoamérica, y por ende en la Argentina, es una preocupación seria”.“Hay que generar un prisma virtuoso y dinámico que premie las zonas más seguras, para que allí vayan a parar los inversores. El gobernador De la Sota ha advertido esta situación, y por ello es que vamos a trabajar juntos.”

Gerardo Ingaramo, asesor de Blumberg

 

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Foto: Indira Montoya

Desde comienzos de la década del 90 la problemática de la “seguridad” se erige como prioridad en la planificación de las gestiones de gobierno, domina las conversaciones cotidianas y captura la atención de los medios de información. Conquistar una vida segura, esto es, de forma exclusiva: lograr transitar por una ciudad en la cual el temor a ser víctima de un delito no exista en el imaginario habitual, se presenta como “El” imperativo de la época, quizás sólo superado en popularidad por el mandato de consumo compulsivo de lo que sea. La seguridad paulatinamente se instaló como un valor, como una divisa cotizada. Su reverso, lo “inseguro”, se constituyó correlativamente en un significante axiológicamente negativo que tiene la propiedad de aparearse con cualquier objeto alterando su entidad, desvalorizándolo. Paradójicamente, la demanda de “seguridad” en los últimos años engorda compulsivamente su lista de socios, aunque sin embargo los índices delictivos se mantienen relativamente estables. Venga de donde venga el fantasma de la inseguridad, nos interesa ante todo la ecuación directa entre la progresiva instalación de la inseguridad como reclamo colectivo y la destinación inmediata de recursos estatales para reforzar la fuerza policial. Es decir, la línea de continuidad directa entre el crecimiento objetivo de la institución policial y la proliferación discursiva del reclamo “seguridad/inseguridad”. El consumo de dicha divisa, consuma los estatutos y prerrogativas del plan de seguridad. Así como el llanto desconsolado de un recién nacido constituye un equivalente del significante “alimento”, “teta”, “leche”; el grito de “seguridad-inseguridad” se traduce en mas policía. Continuando la metáfora, así como ocurre con los infantes, el llanto no siempre demanda más alimento sino que a veces comunica el advenimiento de la caca.
Sumada a la intensificación de políticas judiciales y penitenciarias, la prevención del delito se convierte en la vedette de las gestiones de gobierno, aparece en escena promocionada como parte de un paradigma superador de la sola injerencia represiva por parte del Estado en el control de la criminalidad. La sanción del Código de Faltas (1994), el acuerdo-marco de cooperación entre el Manhattan Institute, la Fundación Axel Blumberg y el gobierno de Córdoba, el plan “Mi casa, mi vida” de relocalización de villas miseria (2003), son sólo algunos de los lugares donde este programa de gobierno comienza a develar su inquietante materialidad.
Materialidad que sigilosamente se instaló en nuestras casas, en nuestros barrios, en nuestra ciudad y en nuestros cuerpos en solo unos pocos años.
No hace falta decir que el marketing de este modelo benevolente de prevención mostró su opacidad inmediatamente, y que el objetivo de velar por la seguridad de la ciudadanía, resulto desde su raíz en la diferenciación radical y racial entre ciudadanos ha ser protegidos y “otros” ha ser vigilados y/o segregados y/o reprimidos. Aquellos que padecen el rasgo más brutal del dispositivo de seguridad se debaten en una auténtica batalla por la supervivencia, recluidos en campos de concentración coloridos y distantes (Ciudades Barrios) mientras el resto de la población se mantiene entre impávido y eufórico frente al espectáculo quirúrgico de rediseño urbano. La denuncia de dicha operación se restringe a minorías activistas que intentan alertar y resistir el genocidio silencioso sin obtener mayores resultados.
En el marco de estas políticas de “prevención”, las atribuciones otorgadas a la fuerza policial se multiplicaron de forma obsesiva, creando además un cuerpo especial de seguridad para la acción preventiva (CAP), merecedor de todo tipo de trofeos en materia de gatillo fácil y en las diferentes modalidades del abuso de autoridad. El parodiado por la jerga callejera como “Comando Anti Pobres” crece y crece como solo la mala hierva sabe hacerlo.

No cabe duda que nuestra ciudad es uno de los mejores alumnos del Manhattan aplicando sus formulas con una celosa ortodoxia. La exigencia que los funcionarios Cordobeses importarían directamente de EE. UU, mediando claro, una cuantiosa suma de dinero en honorarios, establecía la necesidad inminente de “restablecer la ley y el orden” en la provincia. El antiguo axioma liberal “orden y progreso” asumía un renovado rostro de la mano de la nueva policía y la demanda de seguridad. “Orden” significa, ni mas ni menos que policía al por mayor como supuesta garantía de progreso. La receta para lograrlo la conocía Carlos Medina, entonces director ejecutivo del Manhattan: “Nosotros pensamos que si uno no trata con los delitos menores, a tiempo, realmente se convierten en delitos mayores. Y con eso yo estoy hablando con temas como la orinación (sic) en las calles públicas, la prostitución, el ruido en exceso, los limpiaparabrisas (sic) agresivos; esos son elementos realmente que contribuyen a un sentido de inseguridad del cual el delincuente toma ventaja. Es como asegurar y restablecer el estado de derecho, y nosotros pensamos que lo que esta ocurriendo en Latinoamérica y lo que ocurre en otras partes de la Argentina realmente que el estado de derecho esta muy débil y realmente que las personas están actuando más como terroristas urbanos que delincuentes”(1)
Según los consultores extranjeros, para restablecer el orden era necesario comenzar por sanear las ciudades, esto es, empeñar la fuerza en la prohibición de incivilidades menores, o mejor dicho, en el apartamiento de personas con ciertas características distintivas del resto de la sociedad. “No se trata de gente violenta, ni necesariamente delincuente, sino personas desaliñadas, revoltosas o impredecibles: mendigos, borrachos, adictos, adolescentes ruidosos, prostitutas, vagabundos, personas mentalmente perturbadas.” Según dicho planteo, condensado en la “teoría de las ventanas rotas” la sola presencia de estas personas genera una cadena de respuestas sociales desfavorables, por las cuales un vecindario “decente y agradable” puede transformarse en pocos años, y hasta en pocos meses, en un atemorizarte “gueto” surcado por la criminalidad. “Si el barrio no puede evitar que un molesto mendigo fastidie a los transeúntes –razonará el ladrón–, es mucho menos probable que alguien llame a la policía para identificar a un potencial asaltante o para intervenir cuando el asalto efectivamente ocurra”.
El Gobierno de la provincia firma este acuerdo marco, y dispone sus fuerzas en consonancia con este plan de gobierno, invierte todos sus recursos con el fin de decretar la tolerancia cero hacia los supuestos motivadores de la decadencia ciudadana. Detener el ciclo de “declinación urbana” en sus primeras etapas, alejar de las ciudades a mendigos, limpia vidrios, entre otros es uno de las formulas principales que la policía cordobesa supo importar del modelo neoyorquino. Por supuesto, gracias al código contravencional, queda a juicio de cada policía determinar cuando un cuerpo ostenta la ambigua y brutal condición de “indeseable” o “inmoral. Afortunadamente a pesar de que el policía se erige en juez y verdugo, por el momento no tenemos que referirnos a el o ella como “su señoría”, aunque llamarlo respetuosamente “oficial” (aunque sea un sub oficial raso de 21 años), aún funciona para apaciguar las aguas frente a la siempre incomoda, peligrosa y humillante requisa arbitraria.


IV

 

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Foto: Tyler

Llegando al final de esta nota nada dijimos de ciertos hitos fundamentales de la policía de Córdoba, no hablamos de su renovado armamento que cualquier escuadrilla militar envidiaría, no interrogamos el plan sistemático para bajar la imputabilidad de los menores a 14 años, tampoco hablamos de las íntimas vinculaciones entre el híper rentable negocio inmobiliario y la salvaje operación de depuración urbana de cuerpos y poblaciones definidas como “indeseables”. Nada dijimos de la ostentosa “Media Legua de Oro” (2) que disfraza a nuestra ciudad de urbe cosmopolita del primer mundo con el altísimo costo de exclusivizar y restringir la circulación céntrica a determinados cuerpos rentables. También quedó afuera de este artículo algo de la “tourpol”, esos atentos policías que surcan el centro de la ciudad dispuestos a proteger y servir (en varios idiomas) la entrada de divisas de la mano del turismo internacional, disfrazados con un chaleco inmaculadamente blanco que oculta deficientemente el azul de fondo. Tampoco logramos terminar de desentrañar las intimas relaciones entre las emergentes lógicas de seguridad y control latinoamericanas con las directivas neo-coloniales de Estados Unidos en directa continuidad con lo que fue el plan Cóndor que conllevó el exterminio de miles de personas en la década del 70 y 80. Menos aún pudimos poner en evidencia la relación directa existente entre dicho plan sistemático de rediseño urbano y los intereses económicos locales y transnacionales que a partir del mismo multiplican exponencialmente sus márgenes de ganancia. Tampoco rescatamos aquellas estoicas experiencias militantes antirrepresivas y anticarcelarias que desde hace años vienen intentando apalear y poner en evidencia, con lo que tengan a la mano, los efectos del recrudecimiento progresivo del accionar represivo de la policía de Córdoba.
Mucho a quedado afuera sin duda, pero coincidirán con nosotras que lo dicho es suficiente para que el escozor se apodere de nuestro ser hasta tornarse insoportable.  Retomemos la pregunta del principio entonces: ¿Cómo carajo permitimos que estos tipos se apoderen de nuestros cuerpos, que juzguen nuestras prácticas, que sancionen nuestra sexualidad, que nos amedrenten, interroguen y profanen? ¿Cómo podemos dignarnos a hablar de derechos humanos sin una denuncia directa, frontal y prioritaria de lo que cierto sector dominante de la sociedad civil, el Estado y la Policía han hecho con nuestra ciudad, con nuestro barrio, con nuestros vecinos, con nuestras prácticas, con nuestros cuerpos?

El paisaje cotidiano de la ciudad de Córdoba se ha transformado profundamente en los últimos años. Caminar la ciudad en un recorrido heterogéneo, en una deriva transversal ametralla y confunde la experiencia inmediata del transeúnte desprevenido. Decadencia y opulencia se mixturan y confunden en un colage incierto y espectral que nos muestra que todo esta ahí, la exposición pornográfica de los hechos, de los cuerpos dispuestos en relación de dominancia, sin que las hordas de ciudadanos se conmocionen al menos. Las detenciones y los interrogatorios se realizan en la vía pública, a la vista de todos, las armas se exhiben amenazantes, las miradas se cruzan desafiantes y provocadoras, los CAPs rastrillan las calles todos los días.
Somos testigos de un Proceso de Reorganización Provincial que esta vez prescinde del ejército como fuerza de choque y como brazo ejecutor, apoyándose principalmente en la Policía para la consecución de sus siniestros fines. A pesar de que el problema de la Policía es un acontecimiento actual que compromete todos los puntos que la crítica al totalitarismo impugna, la agenda pública del progresismo dice poco y nada, ocupada de sus economías virtuales y su memoria restringida y encorsetada.
De una cosa estamos seguras, la apuesta se redobla día tras día, aun no hemos visto el rostro más oscuro de la policía, que como un gallo de pelea sediento de sangre engorda y entrena para terminar el plan de saneamiento y exterminio digitado por la mano de quien le da de comer. Hemos podido ver que las escobas se han modernizado pero la “basura” sigue siendo la misma: aquellos cuerpos insumisos y juzgados moralmente indeseables que no encuentran lugar en la ciudad transparente que sueñan y diagraman los déspotas y tecnócratas que nos dominan, explotan y gobiernan. 

“No vamos a responder críticas infundadas; tenemos en claro lo que debemos hacer y lo estamos haciendo. Por eso estamos construyendo más cárceles que nadie.”

José Manuel De la Sota, 15 de febrero de 2005

1.Citado en La Voz del Interior, 21.10.2004.

2. Es el nombre que la campaña de prensa del gobierno provincial le asigno al trayecto que comprende desde el Patio Olmos hasta las puertas de ciudad universitaria.

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