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"La pandemia terminará, pero estas formas policiales de vinculación con el otro quedarán"

El filósofo Darío Sztajnszrajber​ reflexiona sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, el otro como amenaza, los mecanismos de control social, y las nuevas formas de vinculación que podrían nacer del aislamiento. "Ya existía la representación de un otro como agente de contagio, la diferencia es que ahora contagia de verdad", sentencia.

(El grito del Sur) Argentina- Filósofo, escritor, ensayista y divulgador, Darío Sztajnszrajber​ se toma un tiempo para dialogar con El Grito del Sur sobre la situación política y social que se desprende de la pandemia, los nuevos y silenciosos mecanismos de control social, la segregación del otro y una eventual salida a la crisis desatada por el COVID-19.

¿La irrupción de la pandemia pone en discusión la premisa fundante de la modernidad que señala que el hombre es quien controla a la naturaleza?

En algún punto, siempre que aparecen estas llamadas catástrofes naturales, obviamente ponen en entredicho esa idea moderna de que el ser humano lo puede todo en términos de naturaleza. Hay un primer momento donde la sensación es de cierta perplejidad y de impotencia y que nos devuelve a esa conciencia. De repente, volvemos sobre esa omnipotencia que se nos juega cada vez más, en términos de «lo podemos todo». Y lo otro de lo humano es la naturaleza, por lo cual, ese poderlo todo siempre está claro sobre quién es, quién es el sujeto donde acaece esa voluntad de poder que, claramente, es la naturaleza. También es cierto que la pandemia pasará, se va a dominar el virus en algún momento, aparecerán nuevos virus y volverá a darse este vaivén entre «lo podemos todo» y «no podemos nada». Pero este primer momento de hacernos cargo de la precariedad de lo humano ante la naturaleza, lamentablemente (para la conciencia humana de finitud, no para la resolución inmediata de un problema de salud acuciante) llegará a su resolución a través del descubrimiento de una vacuna. Hoy, la expectativa es cómo poder controlar al virus. Pero también es cierto que cuando se habla de dominar la naturaleza se habla más de la pata pandemia y no tanto de la pata cuarentena. Tanto la pandemia como la cuarentena son categorías que hay que aprender a deconstruirlas, a desligarlas, porque no hemos encontrado otra forma de reacción que no fuera el aislamiento, que evidentemente no es la única forma posible aunque hoy aparezca como la más eficiente. Entonces, nos hace pensar sobre otros aspectos de la naturaleza -jugando con el término- que es la naturaleza de lo social: ¿por qué la reacción humana fue por este lado, por la necesidad del confinamiento, que de algún modo ya estaba presente en la naturaleza de lo social, donde de algún modo ya estábamos acuarentenados antes, tal vez más simbólicamente que materialmente? La cuarentena se dio a partir de estructuras sociales que ya estaban predispuestas para eso. Ya estábamos confinados en nuestra relación con el otro, con la mercantilización de la existencia. El aislamiento tiene que ver con una prioridad de lo propio sobre lo otro que ya existía. Por eso el paso fue hacia ese lugar y hay algo de la naturaleza de lo social que hace falta deconstruir.

El estigma social que carga el contagiado convive con un «policiamiento» social, donde el vecino comienza a denunciar y cumplir el rol de policía. ¿Qué sucede cuando emerge el «miedo al otro» y qué situación termina viviendo el contagiado que se convierte en «amenaza»?

Todo lo que se deriva de lo que estamos viviendo lo vemos como negativo. Pero el otro ya contagiaba en tanto otro, la diferencia es que ahora contagia de verdad, pero ya estaba creada la representación de un otro como agente de contagio. Por eso, históricamente, al otro se lo suele negar, como mínimo, y exterminar, como máximo. El contagio hoy es un contagio que se da de manera concreta y material pero siempre fue una metáfora del otro, cómo el otro posee algún tipo de extrañeza que lo hace sujeto de contaminación, de contagio, de suciedad. Es la definición más radicalizada del otro en tanto otro y por eso de su disolución y desotramiento. Del mismo modo, es cierto que uno visualiza formas de la solidaridad, pero no creo que sean fruto de ningún tipo de conversión. Me cuesta ver que aquel sector de la sociedad encerrado sobre sí mismo se haya convertido a un altruismo solidario o al amor por el prójimo. Yo no veo amor por el prójimo, veo amor por uno mismo, miedo a lo que se puede generar en uno. Creo que los sectores que ya eran solidarios siguen siendo solidarios, la gente que uno ve que sale con compromiso social a trabajar por el otro es la gente que ya lo hacía antes. No hay un cambio, una conversión, no es una situación límite que haya cambiado la forma de pensar. El que era choto es más choto que nunca y el que era copado tiene toda la posibilidad de traslucir su sensibilidad social y hacer algo con eso. Esto no hace más que exacerbar formas del disciplinamiento social que tienen que ver con ese estado de delación del otro, como forma de vigilancia policíaca, en la cual termina entramada la relación con ese otro. En algún momento la pandemia terminará, pero esas formas de vinculación con el otro quedarán y eso es lo que me preocupa. Una vez que se destapa la delación como forma de conexión con el otro, agarrate Catalina. Metafóricamente hablando, la pandemia nunca va a terminar porque va a haber posibilitado que esta forma policíaca de vínculo con el otro se haya puesto en la superficie.

La peste bubónica fue uno de los procesos que incidieron en el paso del feudalismo al capitalismo. ¿Cómo será el mundo con el que salgamos de esta pandemia? ¿Estás mas cerca de lo que propone Zizek (una nueva forma de comunismo) o de lo que plantea Byung (ningún virus hizo la revolución)?

Son dos cosas distintas. Una cosa es pensar el fin del capitalismo y otra cosa es pensar la implosión de cierto individualismo. Aunque yo soy pesimista, puede pasar que algo del individualismo exacerbado se resquebraje un poco. Depende mucho de la extensión de la cuarentena. Hoy por hoy veo más movimiento de encerramiento en lo propio. Pero estamos hablando hoy con la fotografía de un mes de cuarentena, hay que ver cuánto se extiende esto y qué va generando. Por ahí, si la cuarentena dura dos meses más, no sabemos si nos volveremos individualistas o al revés. Es tal el cimbronazo que genera en términos existenciales que uno no lo sabe. También es cierto, en una segunda lectura, que no son las mismas formas aquellas con las que la sociedad en su conjunto se confina, porque la sociedad no es un todo homogéneo. Se provoca una paradoja que, pensada desde ciertos valores de la teoría política, representa la típica falsa igualdad que se visualiza siempre en las «igualdades políticas». De alguna manera parecería que hay una igualdad jurídica y política en el hecho de que todos los ciudadanos tenemos la misma obligación de aislarlos en nuestras casas por igual, pero las casas no son todas iguales. Entonces, lo que por un lado podríamos llamar un universal abstracto, que es la idea de que todos tenemos que cumplir el mismo deber cívico y que ese deber nos iguala, soslaya que las casas son muy distintas. Ahí hay una desigualdad de base que, Marx ya lo decía, es una diferencia entre la igualdad política y la igualdad social y cómo de alguna manera se nos termina distorsionando la idea de por dónde pasa la igualdad. Marx cuestiona la idea de que todos tenemos los mismos derechos políticos, eso en realidad tapona la asimetría que hay en términos de igualdad social. Además, hay una especie de disciplinamiento en el que quien no cumple la cuarentena estaría cultivando de algún modo un tipo de desigualdad: «¿Por qué el otro no la cumple y yo sí?». Pero eso es suponer que hay una igualdad en el punto de partida, que no la hay. No es lo mismo estar aislado si sos de clase media a si vivís en situación de descompensación económica y social rutilante y, sin embargo, hay una exigencia por igual que logra tapar el problema fundamental de una sociedad, que es el problema de clase.

Emerge la discusión por el cyberpatrullaje, los nuevos mecanismos de control social y su internalización. ¿Cómo se convive con la tensión entre la restricción de ciertas libertades individuales y el hecho de que uno cede en pos de un objetivo mayor?

Obviamente, la clave acá es sostener de una manera muy intensa la defensa de la democracia y visualizar en ese sentido los límites de la democracia, sin entenderla solamente en términos de institución jurídica sino, como dice Derridá, como apertura infinita hacia el otro. Entonces, creo que la democracia es la que le exige al Estado que el Estado tenga que intervenir en pos de la descompensación que se produce en el otro. Hay sectores desventajados que necesitan de un Estado fuerte para garantizar que en esta cuarentena no se queden afuera. Sería una doble exclusión. Pero también como ciudadanos democráticos tenemos que exigir que, así como el Estado tiene que estar presente y fuerte ahí, también tiene que estar presente y fuerte en el lugar más conflictivo para la relación entre libertad e igualdad, que es la seguridad. Tal vez el gran problema de la política ciudadana de los últimos tiempos sea la seguridad. Esa exigencia de un Estado más bien gendarme, como proponía el liberalismo, en una sociedad democrática, es un tipo de vigilancia por parte del Estado que tiene que estar controlada en sí misma. La única soberanía que vale en una sociedad democrática es la soberanía popular y el Estado está al servicio de esa soberanía popular. Entonces los controles tienen que ser muy efectivos porque esa necesidad de fuerzas de seguridad sosteniendo la normativa y el orden público tiene que estar claramente siendo subsidiaria de la voluntad popular y de las necesidades de la sociedad en su conjunto, atravesadas por la justicia social. La historia de nuestras sociedades nos enseña que, cuando a las fuerzas de seguridad las empoderás un poco, se suelen ir para el otro lado. Ese sobrepasamiento me parece el principal objetivo de control por la fuerza política, que es la que de algún modo es responsable de controlar a las fuerzas de seguridad. Éstas tienen que estar siempre al servicio de un direccionamiento político, que es el que surge de la soberanía popular. Dicho esto, me preocupa que esa situación de control público se haya diseminado como forma identitaria propia de los vínculos de los otros y que este Estado políciaco se convierta ya no en un atributo de las fuerzas de seguridad, sino en una forma de pensar en prácticas y rituales de vida por parte de la sociedad civil. Ese es el peligro más inminente, el rebrote de ciertos aspectos protofascistas que en las formas de peligros siempre están latentes.

 
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