Venezuela y Nicaragua: los gobiernos y los pueblos

Compartimos la entrevista realizada por Mario Hernandez a Claudio Katz, integrante de los Economistas de Izquierda (EDI) en la que reflexiona sobre las diferencias del devenir de la situacion social, politica y económica en ambos país

 

Indigna el silencio frente al intento de magnicidio en Venezuela

M.H.: La semana pasada se produjo un intento de asesinato del presidente Maduro y la prensa prácticamente ignoró el hecho. ¿Qué opinás?

C.K.: La verdad es que indigna el silencio frente al golpe en Venezuela. La prensa hegemónica ha oscilado entre esconder el ataque y sugerir que fue un auto-atentado. El cerco mediático fue total e incluyó cortes de transmisión y censura explícita a todas las denuncias de los implicados en la agresión. También la OEA, el Grupo Lima y todos los presidentes derechistas se mantuvieron callados, confirmando una vez más su hipocresía. Sólo levantan el estandarte de la convivencia y el diálogo para favorecer a sus aliados. No cabe duda que festejarían el asesinato de su gran adversario en la región.

Por eso fue importante la contundente reacción de Maduro. Actuó con celeridad y eficiencia. No solo en la investigación, las detenciones y los pedidos de extradición, sino también en la denuncia política de la responsabilidad de los gobiernos de Colombia y Estados Unidos. El fracaso del atentado confirmó, además, la enorme desarticulación de la derecha local que recurre a incursiones desesperadas para lograr con sangre, lo que no consigue con votos, prédicas o convocatorias. Quedó muy golpeada por los resultados de la última elección. Está dividida, sin rumbo y totalmente entregada a la acción terrorista que se planifica en Miami y Bogotá.

M.H.: ¿Por lo tanto la escalada de agresiones armadas no ha terminado?

C.K.: Hay muchos indicios de un plan golpista sostenido. Ya trascendió que Trump propuso varias veces una invasión siguiendo el modelo de Granada y Panamá. Quedó en el cajón porque todos sus asesores los convencieron de la inviabilidad actual de esa aventura. También  evalúan operaciones militares en gran escala desde Colombia, que incluirían la secesión del país. No olvidemos que ya probaron sin ningún resultado varios intentos de levantamiento militar desde el propio ejército venezolano que fueron desactivados.

El imperialismo está decidido a pulverizar el proceso bolivariano como sea y no olvidemos que en muy pocos años demolió por completo cuatro estados de Medio Oriente. Su prioridad es recuperar el manejo directo del petróleo de Venezuela. Maduro resiste hasta ahora con éxito todas estas andanadas, pero no encarrila la economía, ni relanza al chavismo.

M.H.: ¿Por qué?

C.K.: Continúa atrapado en compromisos con la boliburguesía que impiden esa renovación. Veremos si cambia pero hasta ahora no aprovecha ninguna de las oportunidades que tuvo para introducir ese giro. La Constituyente y las últimas elecciones fueron, por ejemplo, momentos claves para ensayar el viraje. El propio atentado de la semana pasada podría servir para repetir lo ocurrido en Cuba después de Bahía de los Cochinos. Pero se necesita ir mucho más lejos de una depuración de conspiradores en el Ejército. Se requieren medidas radicales para frenar la monumental crisis económica protegiendo a la población y penalizando a los funcionarios, burócratas y capitalistas que han esquilmado al país.

La situación es gravísima. Por quinto año consecutivo, Venezuela encabezará los récords mundiales de inflación y arrastra un déficit fiscal de dos dígitos, con las reservas internacionales más bajas de las últimas dos décadas y una tremenda escasez de bienes y servicios esenciales. El Estado asegura la supervivencia a través de las CLAPS, pero falta de todo.

M.H.: ¿Por la guerra económica externa o por la incapacidad del gobierno?

C.K.: Por ambas. El enemigo se encargó de forzar la caída del precio del petróleo, generó una silenciosa disminución de la producción en PDVSA, sobrefacturó bienes importados. Pero sobre todo la fuga de capital ha succionado todos los recursos requeridos para el funcionamiento básico de la economía. El gran problema es que el gobierno toleró ese vaciamiento y también la alocada remarcación alocado de precios. Para colmo incurrió en un irresponsable endeudamiento, que estrecha brutalmente todos sus márgenes de acción.

Los economistas del chavismo crítico están batallando ahora contra las propuestas de dolarización y liberación cambiaria. Proponen anclar la moneda, intervenir los Bancos, controlar efectivamente el comercio exterior y penalizar drásticamente a los contrabandistas. Veremos si logran imponer un poco de sensatez revolucionaria en ese tembladeral económico. Pueden apoyarse en la importante movilización campesina que recientemente conmovió al país.


Nicaragua duele

M.H.: Y en este contexto: ¿Por qué duele Nicaragua?

C.K.: Por tres razones. Primero, nosotros formamos parte de la generación que conoció la revolución sandinista y los recuerdos de esa heroica lucha están incorporados a nuestra identidad colectiva. Segundo, estamos atravesando un período de restauración conservadora y de gobiernos derechistas que recurren a la violencia contra el pueblo. Tercero, lo que acabamos de conversar: el imperialismo está empeñado en aplastar el proceso bolivariano por asfixia económica, aislamiento diplomático o agresión militar. En esas circunstancias, los acontecimientos de Nicaragua son dramáticos y existe la gran tentación del silencio, pero tenemos que reconocer la verdad por más dura que sea.

Mientras que en Venezuela hubo una evidente acción terrorista que el gobierno repelió en forma legítima, en Nicaragua se registró una protesta social reprimida a tiros. Son dos situaciones complemente distintos que debemos diferenciar.

Los datos que difunde la Asociación nicaragüense por los Derechos Humanos son tremendos por el número de muertos y heridos en un país tan pequeño. Todas victimas de armas de fuego. Es cierto que para corroborar estas informaciones también aquí debemos lidiar con el problema de una prensa hegemónica que miente. Es lo mismo que ocurre con Venezuela. Lo ideal sería estar en Nicaragua o tener informantes objetivos. Pero ante esa ausencia yo recurro a dos brújulas para orientarme.

La primera es la credibilidad de los que hablan sobre el tema. Yo he visto que las denuncias de la acción represiva del gobierno provienen de ex comandantes y dirigentes del sandinismo revolucionario de la primera época. Son todas personalidades que desde hace muchos años han denunciado el giro de Ortega a la derecha, todas figuras de la revolución como Mónica Baltodano, Henri Ruiz, Oscar René Vargas, Julio López Campos. La misma opinión expusieron Ernesto Cardenal o Manuel Cabieses. Todos ellos confirman que el conflicto comenzó con protestas contra un simple aumento de cotizaciones de la seguridad social y fueron brutalmente reprimidos. Por eso un movimiento por reivindicaciones básicas terminó asumiendo un carácter de resistencia democrática.

El segundo elemento que tomo en cuenta para fijar una posición es la caracterización del gobierno. Yo comparto las incontables visiones críticas que existen en la izquierda sobre Ortega. Todas plantean que ya no mantiene vínculo alguno con el viejo sandinismo. Más bien construyó su régimen sobre las cenizas de la revolución. No olvidemos que volvió en 2007, concertó pactos con los presidentes liberales, con la Iglesia, con los empresarios y no es nada extraño que un gobierno de ese tipo recurra a la represión.

M.H.: ¿Pero Estados Unidos no actúa también allí con socios, aliados o conspiradores?

C.K.: Sí. Efectivamente. No creo que las protestas sociales hayan sido una conspiración de la CIA, pero seguramente los hombres de Trump van a utilizar el conflicto para ver si pueden desplazar a Ortega. Intentarán colocar un títere. No quieren un país integrado al ALBA con proyectos de construcción de un canal financiado por China.

Pero la existencia real de ese conflicto con Estados Unidos no nos puede conducir a justificar una matanza; Ortega choca con el imperialismo y al mismo tiempo actúa violentamente contra su pueblo. Ese es nuestro dilema, pero no es nuevo. Muchas veces Washington tuvo conflictos fuertísimos con gobiernos de todo tipo, por ejemplo con Noriega en Panamá o Galtieri en Argentina.

Los casos de Medio Oriente son más contundentes. Nadie podría decir que la teocracia iraní es progresista, o Bashar Assad en Siria o Saddam Hussein eran mandatarios de izquierda y contra todos ellos Estados Unidos organizó guerras. El resultado de esos conflictos no es indiferente para nosotros. Siempre es decisivo ubicarse en el campo opuesto al imperialismo. Pero este posicionamiento no implica justificar crímenes contra los pueblos.

Tenemos que asumir esta compleja situación con dos desafíos. Denunciar la represión contra las protestas en Nicaragua y encontrar al mismo tiempo caminos para impedir que el imperialismo sea el ganador de la crisis. Un sendero de esa combinación podría ser la salida negociada. Si nosotros apoyamos la inadmisible brutalidad del gobierno, las víctimas irán decepcionadas a Washington a buscar el sostén que la izquierda les niega.

M.H.: Pero esa postura genera muchas discusiones y complicaciones…

C.K.: Sí. Siempre ha sucedido cuando gobiernos de origen progresista abandonan ese perfil. Desde el antecedente de Stalin hemos visto ese tipo de involuciones en incontables oportunidades. Presidentes con pasado socialista o antiimperialista en algún momento cometen injusticias o disparan contra el pueblo o los militantes. Yo creo que ese es el momento de giro y el dato irreversible. Convierte a una formación aburguesada en una organización antagónica con la izquierda. Ocurrió en Sudáfrica con la masacre de mineros en Marikana, con Hussein cuando bombardeaba a los kurdos, con Komeini cuando encarcelaba a los comunistas, con Gadaffi cuando apresaba palestinos.

Y justamente en esos momentos hay que levantar la voz. Especialmente nosotros los militantes o intelectuales, que no somos funcionarios y no estamos condicionados por la necesidad geopolítica de actuar con cautela. En ellos podría ser comprensible el silencio, pero en nuestro caso no hay justificación.

Si en lugar de entender la legitimidad de los movimientos de protesta los descalificamos como enemigos, la izquierda no tendrá ninguna posibilidad de actuar o  disputar ese movimiento. La Primavera de Praga en los ‘60 y el sindicato Solidaridad en Polonia en los ‘80 eran rebeliones de descontento y no conspiraciones. La derecha siempre estuvo, pero ganó autoridad en las masas luego de respuestas represivas, de invasiones o golpes.

Es importante sacarse las anteojeras y saber distinguir lo que sucede en cada caso sin ninguna ingenuidad. Siempre hay descontento y conspiraciones combinadas. Pero en cada caso prevalece una u otra. Por eso yo distingo las protestas legítimas de Nicaragua de las guarimbas reaccionarias de Venezuela.

Y justamente el primer caso debe servir de advertencia para que no ocurra en el segundo. Afortunadamente los campesinos no son recibidos a tiros en Caracas, sino que dialogan con los funcionarios. En un plano más general el chavismo deberá definir si recupera su esencia o si cierra su ciclo radical y termina favoreciendo a la nueva burocracia capitalista, como ya ocurrió en Nicaragua. Por eso la involución regresiva del sandinismo es un duro llamado de atención para el gobierno bolivariano.

 

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