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Caravana migrante: el éxodo centroamericano atraviesa México

Expulsados por la pobreza y la violencia, miles de centroamericanos marchan a través de México con la esperanza de poder llegar a EEUU. La caravana es una oportunidad de recorrer acompañados y protegidos una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo
(Alberto Pradilla - El Salto) México - Si uno pregunta por qué decidieron abandonarlo todo y sumarse a un éxodo incierto hacia Estados Unidos, se encuentra una respuesta unánime: pobreza y violencia. Por el momento, el primer objetivo es llegar a Ciudad de México. Ahí esperan establecer una negociación con el Gobierno saliente de Enrique Peña Nieto y el futuro Ejecutivo de Andrés Manuel López Obrador. Pero, para eso, todavía falta mucho.
 
Esto es la caravana. Un enorme campo de refugiados itinerante
 
Juan Carlos es un tipo musculoso, gesto serio, bien afeitado. Habla desde una pequeña carpa levantada por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) de México en medio de un terreno municipal en Juchitán, departamento de Oaxaca. A su alrededor se ha levantado un campo de refugiados. Esto es la caravana. Un enorme campo de refugiados itinerante, que se levanta a cada nueva localidad y se marcha antes de que amanezca, cuando este éxodo de los hambrientos vuelve a ponerse en marcha.
 
Miranda recuerda su juventud. Muestra las cicatrices provocadas por disparos. Uno en la pierna. Otro en el muslo. Otro, en la otra pierna. Dice que fueron integrantes del Barrio 18, junto a la Mara Salvatrucha (MS-13), una de las dos grandes pandillas que operan en Centroamérica. Su delito: vivir en una colonia controlada por la MS-13. En Honduras o en El Salvador, nacer en un barrio te marca para toda la vida. Si naciste en un territorio controlado por los números (como se conoce al Barrio 18), serás considerado enemigo por las letras. Aunque jamás te hayas acercado a la pandilla. Aunque esta te haya extorsionado o haya matado a un familiar.
 
“No puedo regresar”, dice Juan Carlos. “Estamos expuestos a que el Gobierno nos reprima por estar en esta caravana”, afirma, mientras espera saber si la caravana sigue su rumbo o aguarda un día más en Juchitán. Finalmente, decidirán reanudar el camino. El municipio que los acoge es uno de los más dañados tras el sismo de 2017, muchas de sus viviendas están todavía destrozadas y los migrantes, conscientes de las dificultades que atraviesan sus huéspedes, prefieren seguir adelante. Agradecen el apoyo y no quieren generar controversia. Además, kilómetro avanzado es kilómetro que ya no hay que recorrer.
 
Todavía quedan muchos kilómetros para Ciudad de México. Desde aquí, EEUU no es más que una utopía para esta marcha de los desposeídos. Son hombres entrados en años, mujeres solas con su prole, adolescentes, señores en edad de trabajar. Son una masa heterogénea a la que le une una sola cosa: consideran que el lugar de donde vienen es inhabitable, metieron lo poco que tenían en una maleta y siguieron adelante.
 
La caravana se formó como una bola de nieve. En un primer momento, un puñado de migrantes anunció su marcha. El exdiputado Bartolo Fuentes hizo público que les acompañaría. Apareció en los medios. Y la chispa estalló. Para el lunes 15, un día después de comenzar la marcha, 3.000 personas cruzaban de Honduras a Guatemala. El presidente guatemalteco, Jimmy Morales, instaló una barrera policial. Pero tuvo que abrir paso. Lo mismo ocurrió en Tecún Umán, frontera de Guatemala con México. Aunque ahí, la policía mexicana hizo lo imposible para no dejarles cruzar. La gente terminó lanzándose al río Suchiate, que divide ambos países. Cientos de personas lo cruzaron en un solo día. Si queremos comprender tal determinación es imprescindible mirar al origen, al lugar del que proceden estos hombres y mujeres que se han echado su vida al hombro.
 
Centroamérica está enfermo de violencia. Lo dice la Organización Mundial de la Salud, que considera que 10 asesinatos por cada 100.000 habitantes constituye una “pandemia”. Los tres países pertenecientes al denominado Triángulo Norte (Guatemala, Honduras, El Salvador), superan con creces estas cifras. Guatemala es el lugar donde menos se mata de una de las partes del mundo en las que más se asesina: 26 homicidios por cada 100.000. Le siguen Honduras, con 46 por cada 100.000 y El Salvador, con 60 por cada 100.000. Por poner un ejemplo. En el Estado español, la cifra está en el 0,6 muertes violentas por cada 100.000. Centroamérica está enferma de violencia y los integrantes de esta caravana consideran que la mejor vacuna es poner tierra de por medio.
 
Centroamérica también padece otra enfermedad: la pobreza. Seis de cada diez guatemaltecos vive por debajo del umbral de la pobreza, la misma proporción en el caso de los hondureños y un porcentaje algo más bajo, tres de cada diez, si hablamos de los salvadoreños. Son millones de personas viviendo con menos de un dólar al día. En su imaginario, desde hace décadas, aparece la figura del migrante, aquel que hizo las maletas, desafió al peligroso tránsito en México y logró llegar a Estados Unidos.
 
“¿Saben qué está detrás de la caravana? El hambre y la muerte”. La proclama es de Irineo Mujica, presidente de Pueblo Sin Fronteras, un colectivo que acompaña a los migrantes en su tránsito. Sin embargo, alrededor del éxodo se ha creado todo un imaginario de conspiranoia sobre quién lo promueve. Han dicho: que fueron partidos de izquierdas en Honduras, financiados por Venezuela. Que fue el Partido Demócrata, en EEUU. Que se trata de una jugada del Gobierno de EEUU, porque ubicar la migración en el debate beneficia a su presidente, Donald Trump, en el contexto de las elecciones legislativas de medio término que tendrán lugar el 6 de noviembre. Basta con pasar una tarde con estos hombres y mujeres agotados, doloridos, hambrientos y enfermos, para darse cuenta de que solo una razón muy poderosa provoca un éxodo de estas características. El hambre y la muerte son dos. Dos razones muy muy poderosas para dejarlo todo.
 
Por el momento, el objetivo es llegar a Ciudad de México. Ahí esperan poder establecer una negociación con las autoridades para obtener asilo político o permisos de tránsito para aquellos que quieran llegar a EEUU. Al otro lado de Río Bravo se prepara un impresionante despliegue militar. Primero fueron 5.000. Ahora, Trump anuncia 15.000 soldados. Dos uniformados por cada uno de los desposeídos, cuyo número se calcula en torno a los 7.000 en esta primera caravana y con otros 3.000 en camino, pertenecientes a otros dos grupos. No les preocupa. Creen que su situación dramática ablandará el corazón de un tipo que convirtió el discurso anti inmigración en su gran baza para ganar las elecciones.
 

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